domingo, 15 de junio de 2014

¿JIRA O GIRA?

Estuve leyendo el blog de una compañera de colegio.


Esta lectura me ha enseñado una palabra nueva: jira, y me ha traído a la memoria algunos recuerdos de infancia relacionados con esta nueva palabra añadida a mi vocabulario.

Les pongo la dirección del blog de Jane por si quieren aclarar ideas y, además, porque escribe muy bien y es un atractivo grande leerlo. Desde aquí le doy las gracias por sus escritos y por transmitir su sabiduría.

Volviendo a la palabra, la duda estaba entre “jira” y “gira”. De “JIRA” el DRAE dice, en una segunda acepción: Banquete o merienda, especialmente campestres, entre amigos, con regocijo y bulla.

Mientras que de “GIRA” dice: Excursión o viaje de una o varias personas por distintos lugares, con vuelta al punto de partida.

Y las dos cosas al mismo tiempo, si eso es posible, jira y gira, es lo que yo creo que hacíamos nosotros de pequeños con nuestros padres. Como que había una mezcla de las dos. 

Lo explico. 

Éramos, normalmente, 12 personas. Íbamos por distintos lugares de la Isla, salíamos temprano de casa y volvíamos por la tarde al punto de partida. Aunque algunas veces, muy pocas, pernoctábamos y volvíamos al día siguiente a dicho punto. Por supuesto que siempre iba en el coche una gran cesta con comida y bebida que tomábamos en algún lugar campestre. Éramos ocho hermanos, padre y madre, y dos agregados, por lo que la bulla era segura pero lo del regocijo no lo tengo tan claro en mi memoria.  

Con el tiempo y como han cambiado las cosas, cada vez me asombro más de cómo mis padres tenían ganas de “cargar” con nosotros para llevarnos de Jira/Gira. A veces a lugares tan “lejanos” (entre 80 y 90 Km.) como Alcalá cuando no había casi ni carreteras sino pistas de una tierra blanca. 

Entrábamos en el coche con nuestros pelos, rubios unos, morenos otros, y salíamos todos con el pelo blanco como si el viaje hubiese sido a otra galaxia y hubiésemos envejecido por el camino.



Este es el coche que teníamos. Era un Renault (no recuerdo el modelo). Lo llamábamos “La Rubia”. Ya dije que íbamos ¡12 personas! Cuatro delante, cuatro detrás y otras cuatro más detrás. 

Y, se preguntarán ¿cómo? 

Pues muy sencillo. Los ocho primeros, a parte de las apreturas, no tenían problema para colocarse. En cuanto a más detrás, mi padre, que era medio inventor, había encargado dos banquetas que se ajustaban perfectamente a esa parte. Pero las banquetas eran de quitar y poner por lo que iban sueltas. Ni atornilladas ni nada por el estilo. Y dejando la puerta abatible de atrás abierta para colocar atada la cesta en la que iba la comida y la bebida. Era una cesta de mimbre, grande, porque iba comida para muchos, aunque creo recordar que era bastante frugal y fundamentalmente bocadillos. Del pan de los bocadillos hablaré en otra ocasión porque tiene su miga.

Bueno, pues en esas banquetas, incómodas y totalmente inseguras íbamos los cuatro más pequeños tan felices. Aunque no siempre igual de felices porque, como las carreteras y las pistas tenían tantas curvas, muchas veces había que parar porque uno de los de atrás (casi siempre yo) se estaba poniendo pálido y había peligro para los de delante o para la cesta de la comida que estaba detrás. No sé lo que era peor.

Al ir con la parte de atrás abierta entenderán el por qué del pelo y la ropa casi blancos de todos al llegar al destino

¿Se imaginan hacer eso ahora con 12 cinturones de seguridad, con sillitas para los niños según edad y tamaño? 

Yo sí que me lo imagino. 

Y les aseguro que no habría ni Jira ni tampoco Gira.

lunes, 7 de abril de 2014

MI IPad

En la entrada anterior al blog no comenté que era la primera entrada del 2014 y que habían ocurrido, entre la última del 2013 y la primera del 2014, muchas cosas. Unas malas, malísimas y otras buenas, buenísimas.
Diré solamente dos de las buenas, buenísimas. Dos nacimientos en nuestra familia. El primero, el 14 de Noviembre de Enrique (Quique), tercer hijo de Susana y Fran. Y el segundo, el 17 de Diciembre, Lucas, segundo hijo de Eduardo y Rebeca. 
Bienvenidos a este mundo donde las cosas andan revueltas pero gente buena, como creo que van a ser ustedes, harán que el rumbo vaya siendo cada vez más hacia la igualdad, la libertad y la fraternidad.

Y dicho esto voy a hablar de mi hijo secreto. Nació allá por el verano. Bueno, nacer, nacer, no. Lo hice venir de...¡ni idea! Cualquiera sabe de donde vienen hoy día las cosas. Solo desea uno que lo hayan hecho manos adultas, bien tratadas, bien pagadas. Eso es lo que esperamos pero en el fondo sabemos que no es cierto en la mayoría de los casos.

Ya sospecho que se imaginan quién (qué) es mi hijo secreto: Sí, sí, es mi IPad.

Es igual que un hijo dando alegrías, desvelos, enfados, preocupaciones .... Y, sobre todo, que me ocupa muchiiiiisimo tiempo.

También, igual que a un bebé, lo llevo conmigo a todas partes. Como todavía no se han inventado cochecitos para IPad (como se enteren los chinos fabrican uno rápidamente ) lo llevo en un bolso en bandolera (¡anda que no pesa el Niño - IPad! Esto lo dicen mis cervicales, tan delicadas ellas).

 La verdad que es una gozada sentarte tranquilita en un banco de un parque o de una plaza y ponerte a leer, escribir, mirar fotos....

Lo paso muy bien con él, no lo voy a negar. 
Además, cuando se porta mal, lo apago y ya está. Se duerme hasta que yo quiera. ¡Fantástico!

Los conocidos me dicen que sí no me da miedo que me lo roben cuando voy con mi bolso en bandolera tan contenta. Y yo les digo, pero ¿ustedes creen que alguien se va a pensar que esa vieja (mayor, entrada en años, sesentona, de la tercera edad... todos los eufemismos que ustedes quieran) que esa vieja, decía, lleva en ese bolso en bandolera un IPad. Pues no, lo que pensarán es que a esa edad, lo más probable, es que lleve una bombona de oxígeno. Pero, para nada, un aparato que, por lógica (por edad, mejor), no sabe ni para qué sirve.

domingo, 23 de marzo de 2014

¿PARA MÍ, QUÉ ES SER VEGETARIANA?



Hace ya dos años opté por ser vegetariana.

¿Por qué?

Es una pregunta que me hacen con frecuencia.

Y es una pregunta que me hago yo misma muchas veces.



Y no es fácil de contestar ya que ¿por qué una persona como yo que he sido fundamentalmente carnívora he cambiado mis hábitos de la noche a la mañana?



Puede haber muchas respuestas y suposiciones por parte de otros pero, lo que es por mí, hay, más que respuestas, una meditación continuada buscando ese por qué a mi acción, aunque no creo que lo haya de una forma categórica.



Por descontado y por supuesto que está lo del respeto a los animales. Ya eso lo dice el DRAE sobre vegetarianismo: Régimen alimenticio basado principalmente en el consumo de productos vegetales, pero que admite el uso de productos del animal vivo, como los huevos, la leche, etc.

Pero es más, mucho más que eso porque, en una segunda acepción dice:

Doctrina y práctica de los vegetarianos.

¿Y ¿Qué es doctrina? Pues en el mismo diccionario las dos primeras acepciones son:

1. f. Enseñanza que se da para instrucción de alguien.

2. f. Ciencia o sabiduría.

Y así podría seguir, una y otra vez, apoyándome en el diccionario. Pero ya he llegado a lo que a mí me hace pensar. El saber que es una enseñanza, que es una ciencia o sabiduría.



Eso es precisamente lo que yo voy buscando, una enseñanza, una sabiduría.

En realidad creo que todos vamos buscando eso y que cada uno elige su camino. Yo he elegido éste, el de vegetarianismo.



Hoy por hoy creo que es un camino correcto. El saber que estás intentando que se respete toda la vida que hay a mí alrededor me da sensación de paz, de bienestar.

Cuando digo respetar la vida a mí alrededor hablo con amplitud. No me refiero solo al respeto a los animales, me refiero a todo lo que me rodea, a la naturaleza entera.



Uno de los pobres argumentos que se tiene en contra de los vegetarianos es que comemos vegetales y que los vegetales también sienten. Bien, puede que sea cierto porque reaccionan ante la luz, la sequedad… pero creo que sobre eso hay mucho dicho y escrito y no estoy preparada para rebatirlo. Lo que sí pienso es que por algo hay que empezar y yo empecé por lo que empecé y no voy a criticar al que no ha empezado.



Intento, y quiero cada vez con más intensidad, respetar todo lo que me rodea. Para eso mi actitud tiene que ser de paz. Ser de paz no quiere decir ser permisiva. Permisiva no, pero tampoco agresiva. Quiero exponer mis ideas con paz. Puedo decir que las corridas de toros, por ejemplo, son una de las cosas crueles que hay, que me avergüenzo de que en mi país sea una fiesta, que firmaría donde sea porque se acabase con esa indignidad…pero todo dicho sin aspavientos, sin insultos, sin llegar a las manos.



Hay que conseguir las cosas paso a paso. Estoy convencida de que dentro de muchos años (demasiados) la gente se asombrará de que en esta época hayamos tenido estas discusiones. Y se asombrará porque ya ellos lo habrán superado.

Esto ocurrirá como ha ocurrido que nos asombre y horrorice la esclavitud, la expulsión de los judíos, la Inquisición, la pena de muerte…



Todas estas ideas mías ya están más que dichas y mejor expresadas que las mía. Sin ir más lejos, uno de los últimos libros que he leído, en una de sus partes toca este tema. Me sentí feliz cuando lo leí:



“Los desorientados” de Amin Maalouf‏



El que habla lo llama “blind spot” , “punto ciego” Dice:

“[…] Vemos cosas que nuestros antepasados no veían; pero había cosas que sí veían y nosotros ya no vemos; y, sobre todo, hay incontables cosa que nuestros descendientes verán y que nosotros todavía no vemos, porque nosotros también tenemos nuestros “puntos ciegos”.

[…] todas las épocas tienen sus puntos ciegos, y la nuestra no es una excepción. Hay aspectos de la realidad que no somos capaces de ver, y es inevitable que dentro de unos años nos digamos todos y cada uno: “Pero, ¿cómo pude no ver eso?”.

[…] Las respuestas de los estudiantes no carecían de interés: recuerdo una que decía que las generaciones siguientes se indignarían seguramente al enterarse de que en nuestra época nos cargábamos a millones de animales en los mataderos y a la mayoría de nuestros congéneres les parecía de lo más natural […]”



Solo me resta decir que ser vegetariana no es suficiente. Mi meta es ser vegana. Pero si ya ser vegetariana es algo complicado, no para mí sino para los que me rodean que se preocupan más que yo cuando salimos a tomar algo, si me hago “formalmente” vegana les complico más la vida.



Pero TODO SE ANDARÁ.

martes, 24 de septiembre de 2013

LOS HIJOS DUELEN

Lo que están leyendo, duelen. Desde que los pares hasta que te vas de este mundo, los hijos duelen.

Y no estoy hablando de forma figurada, de que te preocupan, de que no te los quitas de la cabeza, de que cuando hacen algo mal o bien te entristeces o te alegras... Estoy hablando físicamente.

Cuando se enferman, cuando se caen y se lastiman, cuando una hija está de parto... es que te duele. En el alma y en el cuerpo. En el alma es normal porque te pasa con cualquier ser querido o no tan querido.

Pero doler físicamente, lo que se dice doler, solo pasa con los hijos.

Y es que aunque los quieras dejar volar y ves que ya es su vida, otra vida desgajada de la tuya, a pesar de eso, tu subconsciente sigue aferrado a que es algo tuyo y sientes ese dolor de ellos en todo tu ser, incluido el cuerpo. Es algo parecido a alguien que pierde una parte de su cuerpo y le sigue doliendo o picando.

Por supuesto que, cuando sienten alegrías, te sientes bien físicamente.

Y a medida que crecen ese dolor o ese bienestar es mayor. Quizás porque ya no están contigo, y ese subconsciente que te maneja, te engrandece las cosas tanto si son buenas como si son malas.

Y no te digo nada cuando son los hijos de tus hijos. Entonces te duele o te alegras por dos. Menos mal que, con casi seguridad, no veré a los hijos de los hijos de mis hijos. Creo que las alegrías, bien, pero cuando las cosas fueran mal, el dolor...uff, sería por tres.

No estoy hablando por no callar, como decía una tía mía. Sino porque de verdad creo que es así. Y voy a poner dos ejemplos recientes, pero que también los hay lejanos.

1) Mi hija está embarazada de 8 meses. Pues bien, yo he engordado a la par que ella ¿Duele o no duele eso?

2) Mi hijo, entre el sábado pasado y el domingo hizo una muy difícil  carrera de casi 140 Km. ¿Y?, dirán ustedes. Pues que estoy agotada, que tengo calambres en las piernas...

Eso sí, me dice el médico que el ejercicio que hace mi hijo no sirve para mi (¡a la vista está!, me dice el muy grosero) y que, aunque siga engordando, no voy a parir. ¿Qué sabrá el de estas cosas?

Aunque no tenga mucho que ver, toda esta reflexión me trae a la memoria algo que me contaba un conocido. Este conocido se compró una bicicleta estática y la colocó frente al televisor para hacer distraido sus ejercicios. Pues bien, me contaba que, varias veces, cuando ponían alguna vuelta ciclista, miraba para detrás por si lo adelantaban.

Y ya, fuera de bromas, insisto, reivindico y afirmo que, desde que nacen hasta que te vas de este mundo, los hijos duelen. Para bien o para mal.

Así y todo nos empeñamos, generación tras generación, en traer hijos a este mundo. Y nos hace felices a pesar de los pesares.

Y es que el Ser Humano es raro, raro, vamos, lo que se dice raro.

lunes, 9 de septiembre de 2013

HOY EMPIEZA EL COLE

Recuerdos, recuerdos, muchos recuerdos viendo a los pequeñines empezar hoy el colegio.

Me traen recuerdos de cuando era pequeña, no tan pequeña, de mediana edad y de más que mediana edad.

No, nunca me ha gustado ir al colegio. Y aquí me tienen, con 66 años y en clase de inglés. Estoy empezando a pensar que soy masoca.

De cuando niña los recuerdos no solamente son míos, también de mis hermanas, especialmente de Amparo que sufría mis lloros, mi tardanza. Y los sufrimientos que le di a mi madre...

No me gustaba nada, pero nada ir al colegio. Cada mañana era una tortura para mí, para mi madre y para Amparo que es la que me tenía que esperar para ir con ella.

Mi madre me ponía los zapatos. Bueno, intentaba porque yo engurruñaba los pies y no había manera. Cuando por fin podía meterlos yo lloraba y lloraba porque decía que tenía una arruga en el calcetín. Y otra vez a empezar. No sé si siempre, pero muchas veces terminaba el asunto porque me daba alguna moneda para comprarme algo en "el carrito de D.Romualdo" Y es que, queramos o no, todos tenemos un precio.

No sé cuánto tiempo duró esta tortura. Ya me veo de más mayorcita resignada cada mañana a afrontar lo que parecía escrito en mi sino: Carmen, tienes que ir al colegio. Y, obediente que fui, he llegado hasta hoy yendo al colegio, al instituto, a la Universidad, al instituto otra vez y ya como profesora, a torturar a otros niños. Ahora pienso ¿sería una especie de venganza? Porque a mí tampoco me ha gustado la enseñanza y ahí que estuve durante 30 años. Y ahora, otra vez alumna. Ya les dije que masoca, masoca.

Me dirán ¿Y las vacaciones? ¡Anda que no tenías vacaciones!

Es verdad que sí. Pero también les digo que disfrutar, disfrutar, lo que se dice disfrutar... ¡únicamente el primer día! Luego ya la angustia en el estómago. Ahora veo que estaba de psiquiatra pero antes o no había psiqiatras o eran para los locos, locos. Y yo solamente estaba medio loca.

Y es por eso que cuando veo estos días a los niños llorando por ir al colegio me identifico tanto con ellos. A los que veo ir contentos no los entiendo, de verdad que no los entiendo. ¡Con lo bien que se está en casa! Y yo no tenía ni tele, ni ordenador, ni maquinitas, ni.... Pero sí, libros para leer y una imaginación capaz de llevarme a cualquier sitio que quisiera. 

Este dibujo me lo mandaron el otro día:
 Me hizo gracia pero como que también me trajo estos recuerdos que acabo de desgranar. 

Y ya hoy viendo a los niños, limpitos, de la mano de sus padres o madres, terminó por redondear mi angustia sabiendo que el 16 iré yo, posiblemente limpita pero sin que nadie me dé la mano a mi tercer curso de inglés.

¡Buaaaah, yo no quiero ir! ¡ tengo una arruga en el calcetín!

miércoles, 28 de agosto de 2013

LA O.N.C.E.

No soy yo muy aficionada a comprar loterias pero, el "cuponcito", como decía Carmen Sevilla, sí que lo he comprado desde joven. No es que lo compre todos los días pero a veces lo hago Compro para mí, y también para regalarle a alguien cuando hay un premio importante.

Y lo hago porque siempre me ha parecido una buena organización, que hace una labor importante aunque creo recordar que alguna vez hubo algo un poco extraño. Pero pienso que es normal donde tantas personas trabajan que haya algún percance. Eso sí, que las cosas se aclaren y vuelva a resplandecer la honestidad.

Hablo de todo esto para contar lo que me ha ocurrido estos días. 

Iba tranquilamente por la calle cuando se me presentó un puesto de esos de la ONCE. No me pregunten por qué pero me paré cerca de él. Dentro había una mujer que asomó su cabeza y me dijo ¿quiere algo? Lo de asomar la cabeza es un decir porque la ventanita se lo impedía pero sí que oí su voz. Me quedé extrañada de que se dirigiera a mí y, sobre todo, de que me viera.

Total, que dije, bueno, tengo tres cupones que no he visto. Los saqué y se los dí. Cogió su maquinita, los miró y dijo: no tiene premio ¿los rompo? Y otra vez les digo a ustedes: no me pregunten por qué, pero le dije que no. Y me los llevé. Ella salió de la garita, la cerró y me adelantó y desapareció de mi vida. Eso creía.

La verdad es que desde que tengo ordenador siempre me ha gustado comprobar mis cupones. Me gusta más hacerlo yo y no dárselos a nadie. Creo que es porque si me sale premiado no me gustaría saltar en público como veo que hacen los del 22 de Diciembre. Además es que no puedo saltar mucho ni de alegría ni de pena. Mis rodillas se niegan a darme ese placer. Allá ellas.

Total que, como a los dos días, estando en casa, en el ordenador, me acordé de los cuponcitos de marras. Abro la página de la ONCE y los compruebo. ¡Oh!, ¡ah! ¡tengo un premio! quiero saltar pero no puedo, ya saben, las rodillas. Y tampoco es para tanto ¡seis euros!

Me acuerdo de la mujer que me dijo que no tenía premio, que si los rompía... vamos que me empiezo a mosquear. Pero ya no me acordaba exactamente dónde había sido, así que decido ir a cobrar mi premio.

¡Señora, este cupón ya está pagado! ¡Oh!, ¡ah! ¿cómo que ya está pagado si lo tengo yo en la mano? Pues alguien lo pasó por la máquina y ya lo cobró. Ojos como platos, asombro... y entonces le digo: le voy a contar lo que me pasó. Y se lo conté. Ya ustedes lo saben así que no lo repito. Entonces me dice: Vaya a la oficina de la ONCEy como usted tiene el cupón se lo tienen que pagar.

Y eso es lo que hice esta mañana. Fuí allí, conté mi historia a una señorita muy amable y me dijo que había que hacer un expediente, mandarlo a Madrid y que ya me dirían. Que la máquina que lo cobró ya estaba localizada y que se investigaría. Me dieron un papel sellado y firmado en el que se dice que yo entregué ese cupón con ese número. Y que me avisarán.

Estoy segura de que la honestidad volverá a resplandecer y yo seguiré confiando en la ONCE.

martes, 27 de agosto de 2013

A MIS FANS

Me piden "mis fans" que escriba en el blog, que no deje pasar tanto tiempo, que quieren que les alegre el día. Y ese es el problema que tengo.

El título de mi blog ya saben que es "Hoy es un día cualquiera voy a ver si lo mejoro" Claro, con ese título no voy a poner cosas negativas. No tendría mucho sentido. Pero es que llevo un 2013 que no está precisamente para tirar cohetes.

No quiero contar mis males de manera minuciosa pero les diré: 

- Me corté la yema del dedo con un aparatito alemán que, vete tú a saber, si fue invención de los nazis. Por cierto que la yema dichosa, para horror de mi hija, está todavía en el congelador. Fue lo primero que se me ocurrió. Seguramente lo vi en alguna película. Y ahora no sé qué hacer con ella ¿enterrarla en una maceta? ¿ponerla en un cocido? Saben que soy vegetariana pero como es mi carne puede que sea bueno para regenerar el dedo. ¿Y si me regenera las caderas? ¡Ya tengo más que de sobra! Así que lo dejaré ahí hasta que encuentre la mejor solución. Lo malo es que no tiene etiqueta que indique lo que es. Mejor no los invito a comer.

- Durante dos meses he tenido una lumbociática. Así que coja y con el dedo tieso. Estaba para una película de  Hitchcock, de esas de terror, que muchas veces pienso yo el mérito que tienen los que hacen el casting para encontrar unos tipos tan apropiados. No me presenté porque tenía las clases de inglés que si no...

- Me he caído ¡tres veces! en la calle. ¡Tres veces!
La última ya no dije nada porque me daba vergüenza.

En la primera hasta me llevaron en ambulancia. Y es que no me dejaron tiempo para reponerme. Casualmente había un guardia jovencito por allí. Yo creo que era su primer día y ya quería una medalla. Como el golpe fue contra el bordillo de la acera, en el pecho, como que se me cortó la respiración y no podía casi ni hablar, no podía decirle que esperara un poquito que cuando ya tenemos una edad necesitamos reponernos despacito.

La segunda metí los pies donde no debía. ¡había un aro de alambre en el suelo! yo corrí para coger el semáforo en verde y ¡zas! metí un pie, o los dos. Ni idea. Lo que sé es que otra vez estaba el bordillo de la acera ahí esperándome. Esta vez prefirió mi codo. ¡siete puntos! No es mucho si no fuera porque se me infectó la herida y tuve que ir todos los días a curarme. Me hice amiga de las enfermeras, de las que atienden el teléfono, del médico. Ya me veían entrar y los saludos se oían por todo el recinto. 
Es que se me ocurrió decirles que como no tenía posibles para irme de viaje este verano, había decidido pasar mis vacaciones allí. Y estaban felices de verme porque ¡qué cosas! en agosto la gente no se enferma. Estaba casi siempre muy vacío. Y estaban aburridas y yo era como el entretenimiento. Hasta el médico que al principio era tan serio acabó bromeando y riéndose. Sobre todo cuando vió que al rozar a la enfermera le di corriente y ella dió un salto. Él se asombró y le dije que eso me pasaba algunas veces con la gente, que les daba corriente (calambre, para entendernos = estremecimiento producido por una descarga eléctrica de baja intensidad.) A partir de ahí cada vez que entraba me tocaba para ver si ¿le daba corriente? Ja,ja,ja, es broma.

Y de la tercera caída no hablo porque como no se lo he dicho a nadie...

Yo digo que estoy aojada (vamos, que alguien me hizo mal de ojo) porque para mí eso es más de autoestima que decir que estoy mayor.

Creo que a partir de ahora voy a contar cosas más alegres aunque será difícil, pero lo intentaré. Me inventaré algo y dejaré la realidad para tiempos mejores.